Una noche basta para darte la razón y hacerte volver a casa entre lágrimas. Una noche te enseña que hay pocas cosas por las que luchar y que no hay ninguna que recordar, mejor comenzar de nuevo.
Una noche te basta para saber quien es la persona que quieres de verdad y por la que eres capaz a renunciar a toda tu mierda falaz sobre orgullo y voluntad, sólo porque esté a tu lado, nada más. Alguien que me costó encontrar y que en poco tiempo he perdido ya dos veces y cada vez que lo hago consigue que no haya más que ella y tristeza. El resto de lo que pasó durante la noche importa bien poco, no es mi lucha, para mi la coche acabo justo cuando me despedí de un amigo.
Una noche y una mañana basta para darse cuenta de que de verdad quieres a alguien has de hacerle saber que es importante para ti, no basta con demostrarlo, no vale con darlo por hecho, hay que recordarlo.
Finalmente, dos años han bastado para mandarlo todo a la mierda.
Desde hace algún tiempo algunos pensamientos invaden mi cabeza cada vez que la casualidad me ofrece un vaso de cicuta y me invita a reanimar a los muertos, volver a lo de antes, a la ingestión de opiacios en forma de mentiras y debilidad moral. Pensamientos que me hacen levantarme por la noche, levantarme y compararme con el cadáver que escondo bajo la cama con la esperanza de que su olor me recuerde cuan corrupto me sentía.
No puedo evitar mirarme y preguntarme si ando en la dirección correcta, si lo que hago está bien, luego recuerdo el saco de mis grandes “virtudes” aplastaba mi ego y acallaba mi voluntad. Es por eso que digo: yo no creo en la virtud. La virtud es todo aquello que asesina nuestro espíritu y ata nuestra libertad. El ser humano es egoísta por naturaleza, ser individualista por antonomasia, llamar a la generosidad virtud no tiene sentido. en todo caso la virtud no debería ser algo forzado, si no algo que sale de dentro, de nuestra voluntad, no de una voluntad redentora que nos programó sin nuestro consentimiento a través de la tradición, la religión y la mentira.
Ahora que recupero poco a poco mi voluntad me doy cuenta de que es una voluntad egoísta, pero al menos no tortura mi alma. Quizás sea un cabrón, pero prefiero ser un puto cabrón antes que un gilipollas, eso ya lo he vivido.
Como en toda transición, llega un momento para el silencio y el análisis, el reencuentro con los olvidados, la aceptación de los fallos pasados y la ilusión que propina la construcción de algo nuevo. Algo que promete ser más sólido y que sienta sus cimientos sobre un endurecimiento de la moral y en la reafirmación del Yo frente al nosotros.
Puede sonar egoísta pero, las personas a las que quiero son tan parte de mí como yo mismo y eso es lo que quiero reafirmar antes de empezar a construir, reafirmar los lazos que me unían a las personas y fortalecer mi Yo y eso no se hace escribiendo en un blog, se hace hablando a la cara y mostrando lo que se siente.
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