El Sábado fue uno de esos días en los que parece que te quitan una venda de la cata y parece que comienzas a ver todo como en realidad era y te das cuenta de que la venda te la estabas sujetando tu mismo en los ojos y que debajo de ella te estabas montando la película de la vida que te gustaría tener. Una vida sin riegos y donde tu controlas lo que haces y lo que los demás hacen. Después de cortar la mano de la ilusión me gusta más lo que ahora veo.

Ahora sé que Raquel siempre estaba dentro de mí porque yo quería tenerla, siempre era la excusa perfecta para no tener que comprometerme con nadie y menos tener que reconocer que siento algo por alguien. Lo que sentía por Raquel hace tiempo que murió y no lo quise ver, pero en el fondo a mi esas relaciones no me van. Me he dado cuenta que prefiero pasar el día en el césped con alguien con la que pueda hablar en vez de pasar media hora con alguien que, cuando se vaya, se olvidará de todo lo que me ha dicho y volverá a su vida ocultándome. Sinceramente creo que no me lo merezco y ahora que lo veo todo más o menos claro, me veo cansado de ser yo el que sustenta una relación que no se basa en nada. Superflua y vana, no merece la pena.

Lo malo de mentirse a uno mismo es que sin saberlo te estás obligando a vivir una mentira y por tanto haces que los demás también lo vean. Supongo que ahora me sería difícil poder demostrar que Raquel está olvidada cuando siempre he querido tenerla presente aunque no lo estuviera. No sirve de nada decir que me arrepiento, máxime cuando fui yo el que se creó la ilusión para tapar la realidad.

Raquel me ofrecía libertad frente a responsabilidad, pero mis sentimientos hacia ella eran ficticios y como todo personaje de ficción ha llegado la hora de su muerte. No hay cosa más estúpida que mentirse a uno mismo para intentar mentir a los demás. Lo siento Raquel, pero tengo personas más importantes en quien pensar y ahora me doy cuenta que en los últimos tiempos no me has aportado nada que sea digno de recordar.