Hace algún tiempo que ya no pienso en nadie, mejor dicho, nadie me hace pensar. Supongo que será el desengaño producido por el impacto contra el muro de la realidad y el posterior traumatismo.

En el fondo todos sabemos que la realidad no es de color de rosa, como nos la pintan antes de que nosotros observemos su color gris y su sabor amargo y corrupto. Lo sabemos, pero no queremos aceptarlo, por tanto el golpe es más grande.

Hace algún tiempo que ya no planeo mi vida, hace algún tiempo que sólo intento ser feliz, y encadenar esos pequeños momentos para crear una mentira a la que llamo estado de felicidad. La felicidad no es un estado, es un instante, un instante que merece la pena recordar. La vida no es algo fácil pero tampoco me simplificaré a mi mismo hasta el extremo de pensar que después de ésta vendrá otra mejor, donde las cosas si serán rosas y todo sabrá a piruleta. Las cosas hay que vivirlas en su momento.

Hace algún tiempo que pensaba que los únicos momentos dulces eran aquellos en los que sentías que todo iba bien, que por un momento casi todo dejaba de preocuparte; ahora comprendo que todos los momentos tienen su dulzor, no en vano es uno de los pocos sabores que los humanos podemos diferenciar. Hasta la momentos mas dolorosos tienen su dulzor, aunque sea un dulzor-amargo pero lo tienen porque nos enseñan el camino a seguir y si no nos derrumbamos en el momento podemos seguir adelante.

No pretendo encontrar el sentido de la vida y mucho menos responder a preguntas que no tienen respuestas, sólo intento darle sentido a mi vida, orientarme, saber si estoy dentro de algún camino o necesito encontrarlo.

Hace algún tiempo que nadie me hace pensar y eso me inquieta.

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