Todo el mundo desea controlar su vida, marcar el rumbo, decir ya, aquí y ahora. Supongo que todo el mundo cree tener el control, saber lo que se hace. ¿Por qué yo sólo siento la incertidumbre y ese “picor” en la nuca que te recuerda que vas a cagarla?, cagarla como la cagaste la última vez, esa última vez en la que lo tenías todo hecho, la cagaste en diez minutos. Diez minutos de los que renegaste, que creíste poder olvidar; diez minutos en los que fuiste sincero y casi un año en el que no lo has sido. La sinceridad empieza por uno mismo y renegar de algo que sentiste y que puede que sigas sintiendo no hace más que empeorar las cosas.

Lo peor de todo es que me siento mal por dentro, es algo así como un sentimiento de culpa, culpable porque no soy capaz de hablarle a Andrea porque siento que de alguna manera la he fallado y no puedo decir que ella me haya fallado nunca. Culpable por ser fanático al dolor, al dolor que Raquel me inflige en cada roce, pero es un dolor tan deseado… El dolor, al contrario de lo que se piensa es algo placentero, algo que nos hace sentir vivos, mientras hay dolor hay pasión. Pasión y dolor, uno no hace más que demostrar al otro.

No intento excusarme con nadie, sólo ser sincero conmigo mismo. Mentirse a uno mismo te hace elevarte, elevarte lejos de la realidad y cuando te das cuenta de que te encuentras flotando sobre una fina hoja de papel, ésta se rompe y la caída contra el suelo suele dañar más que los huesos. Una recaída a la realidad sólo puede aliviarse con alcohol o sexo y no tengo al alcance de la mano ninguno de los dos. Sólo queda enfrentarse a ello, darse cuenta del lugar que se ocupa, el camino se parte y hay que tomar una dirección. Lo malo es que tomar una no te deja tomar la otra.

La mentira y el olvido marcaron las lineas del camino que comienzo a dejar, ¿Quién pintará las lineas del nuevo camino?