Como el último soldado abatido en una guerra, dos sentimientos se revuelven y recrudecen en mi cabeza mientras los últimos resquicios de consciencia resbalan por el mortal agujero. Por un lado, dolor, el dolor del que pierde toda su vida y no puede recuperarla; por otro, alivio por haber escapado a algo absurdo y que no hacía más que auto-flagelar su alma y minar su moral.

Haberme infringido la muerte de mi Yo, lejos de causarme miedo, me aporta seguridad, la seguridad que te otorga saber que no puedes volver a atrás porque no hay nada a lo que volver. Toda evolución se basa en la adaptación del individuo y la supervivencia del más apto, y así ha ocurrido. La moral vieja, la moral débil e idealista, sucumbe ante la moral nueva, vigorosa y realista.

No más opios que adormezcan la mente y no más cicuta que merme las ganas de vivir.

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