Desde hace algún tiempo algunos pensamientos invaden mi cabeza cada vez que la casualidad me ofrece un vaso de cicuta y me invita a reanimar a los muertos, volver a lo de antes, a la ingestión de opiacios en forma de mentiras y debilidad moral. Pensamientos que me hacen levantarme por la noche, levantarme y compararme con el cadáver que escondo bajo la cama con la esperanza de que su olor me recuerde cuan corrupto me sentía.

No puedo evitar mirarme y preguntarme si ando en la dirección correcta, si lo que hago está bien, luego recuerdo el saco de mis grandes “virtudes” aplastaba mi ego y acallaba mi voluntad. Es por eso que digo: yo no creo en la virtud. La virtud es todo aquello que asesina nuestro espíritu y ata nuestra libertad. El ser humano es egoísta por naturaleza, ser individualista por antonomasia, llamar a la generosidad virtud no tiene sentido. en todo caso la virtud no debería ser algo forzado, si no algo que sale de dentro, de nuestra voluntad, no de una voluntad redentora que nos programó sin nuestro consentimiento a través de la tradición, la religión y la mentira.

Ahora que recupero poco a poco mi voluntad me doy cuenta de que es una voluntad egoísta, pero al menos no tortura mi alma. Quizás sea un cabrón, pero prefiero ser un puto cabrón antes que un gilipollas, eso ya lo he vivido.